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Escritor

sábado, 6 de noviembre de 2010

Ensayando un ensayo


Qué triste es ver a alguien que come solo. En un restaurante o en uno de esos lugares de comida rápida. Al principio no percibes nada más que lo funcional de un acto tan extendido en nuestra cultura. Comer solo y a toda prisa. Obligados por los horarios de trabajo nos vemos abocados a parar la actividad para comer en un rato y volver a la tarea.  Sentado en un restaurante o en la mesa de la oficina sirviéndose de un recipiente de plástico, un único comensal se dispone a comer. Sólo un plato, sólo un juego de cubiertos, sólo un vaso. Unos minutos más y a otra cosa. Parece que el solitario a la mesa está deseando terminar de comer, como si esa acción no fuera en verdad el origen de la fuerza, del pensamiento, de la energía que hay en su organismo. Como si no le debiera nada a lo que come.

Además, si te fijas bien observarás que hay algo patético profundamente oculto detrás de esa conducta. El individuo que come solo presenta un aspecto indefenso, temeroso. Hasta puede generar un sentimiento parecido a la compasión en quien lo mira con cierta sensibilidad. Cuando el comensal no clava la mirada en el alimento lanza furtivos vistazos a su alrededor, como vigilando mientras mastica, recordándonos algo animal o instintivo en su comportamiento. Busca en el plato y acecha. Se asemeja al inocente herbívoro que se alimenta de lo verde y no pierde la noción de lo que ocurre a su alrededor ni por un instante pendiente de la amenaza del depredador que merodea. Así de cerca estamos de los animales y de su mundo de instintos y conductas fijadas genéticamente. Sólo que lo nuestro es más complejo. Nos produce rubor que nos vean comer. Esa es la verdad. Introducir alimentos en la boca para hacer algo tan mundano como masticar y tragar.

Incluso diría que hay algo de miserable en la escena. Un no sé qué de individualista, de egoísta, envuelve el cuadro. Comer solo es indecente. Es casi obsceno. Si comer es un hecho social, un evento familiar, una celebración comunitaria, hacerlo solo es casi como profanar una tradición ancestral.