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Escritor

domingo, 18 de septiembre de 2011

El Martillo Verde

EL MARTILLO VERDE
Llego a casa. Por fin. Ha sido un día complicado. Introduzco la llave en la cerradura y abro la puerta antes de mirar por última vez hacia la fría noche, atraído por el golpeteo de unos tacones al final de la calle. Ya es tarde y por la acera sólo camina apresurada una pareja. Ella se aprieta y casi se esconde bajo la gabardina del hombre; él la abraza encogido sobre ella. La gabardina se despliega por detrás de ellos ondulante en la dirección opuesta a la de sus pasos. De lejos parecen una especie de Cuasimodo de cuatro patas que se aleja dando traspiés en la fría noche. Siento el calor que se escapa por la puerta entreabierta y me dispongo a pasar. En el interior del corredor oscuro me recibe el mismo calor más concentrado y un exquisito olor a cena lista e inminente mesa puesta en la cocina. Doy un paso hacia la luz que sale de la cocina donde oigo el repiqueteo de una sartén siendo fregada a conciencia por mi mujer y, súbitamente, tropiezo con algo que está en el suelo. Pierdo el equilibrio en un instante y me agarro a la pared con una mano y al marco de la puerta de la cocina con la otra. Menudo mal genio se me acaba de poner. No ha pasado nada pero el susto me ha proporcionado una agradable sensación de corazón a punto de saltar por la borda en el pecho. Sorprendentemente no he soltado mi maletín del trabajo, lo que ha hecho que me lastime los nudillos cuando he apoyado la mano cerrada en la pared. Vaya imbécil. Casi me lesiono la mano derecha por no soltar el maldito maletín con su valiosa carga de papeles que nunca reviso y el recipiente de plástico donde llevo el almuerzo, ahora vacío. Lo dicho, imbécil total. Suelto el maletín y me froto una mano con la otra, como si eso curase mágicamente los dolores. De hecho, lo hace. Me agacho para comprobar que el marco de la puerta de la cocina se ha soltado por abajo combándose hacia el techo y pendulea graciosamente. Lo que faltaba. En ese momento hace su estelar aparición mi querida esposa. Dos preguntas, ambas admiten infinitas respuestas irónicas.
—¿Ya has llegado? ¿Te has caído, cielo? —dice, secándose las manos con un trapo. Me contengo y dejo dos segundos de silencio.
—Me he tropezado con no sé qué —le contesto secamente sin volverme hacia ella, inclinado, buscando el objeto misterioso en la penumbra del pasillo, ahora algo más clara debido al haz de luz que sale por la puerta abierta de la cocina.
—Deja que encienda la luz, que te vas a quedar ciego.
—Lo que faltaba —murmuro. Entonces se enciende la luz del pasillo—. ¡Vaya!
Me incorporo blandiendo en una mano el objeto que acaba de atentar contra mi integridad física consiguiendo que presente una fea rozadura en mi mano derecha y que el marco de la puerta de la cocina quiera marcharse. Se trata de un zapato verde de mi mujer. Uno de los que se compró hace unos días en una zapatería del centro. Los vio y se enamoró de ellos. “¡Los necesito!”, me decía mientras correteaba por delante del espejo y ejecutaba finas posturas para contemplar mejor su elegante diseño. Yo miraba mientras tanto mi propia imagen en el mismo espejo, sentado, aburrido, languideciendo bajo las brillantes luces de la zapatería. Dejo el zapato en el suelo de nuevo y le doy un beso a mi mujer. No me puedo enfadar con ella al llegar a casa, no es justo, aunque sé que el zapato no se ha colocado solo en medio del oscuro pasillo.
Al día siguiente me levanto tarde porque no tengo que acudir a la oficina, como cada tres sábados. Es un placer quedarse en casa por la mañana, sobre todo cuando tienes que terminar de reparar la lavadora y clavar el dichoso marco de esa puerta que no termina de acoplarse en la pared. Bajo a desayunar y en el pasillo me encuentro otra vez con el zapato de anoche. Me detengo ante él. Desde aquí arriba parece inofensivo.
—Buenos días, capullo.
Lo rodeo sin dejar de mirarlo, como desafiante. En la cocina mi esposa me recibe con una sonrisa preciosa. Siempre ha sido muy guapa. Cuando nos conocimos fue esa expresión la que me cautivó. Me sonrió así y nunca más me separé de ella.
—Mi amor, ¿has descansado? Tienes una cara de sueño…
Suspiro antes de decir:
—Trabajo demasiado. Tengo que arreglar la lavadora y ese maldito marco —me dejo caer pesadamente en una silla de la cocina.
Desayuno con mucha hambre, como siempre. Por la mañana el apetito se me despierta enormemente. No soy como esas personas que dicen que por las mañanas no pueden tomar nada. En absoluto, podría comerme un buey cada mañana. Y los sábados, si no trabajo, dos bueyes.  
Un rato más tarde estoy otra vez frente a la puerta de la cocina, con mi caja de herramientas en la mano izquierda, mirando la malherida jamba derecha, que se agita arriba y abajo como pidiendo auxilio.
—No debería estar haciendo esto por ti. Estoy cansado. Que lo haga el zapato, fue su culpa —me río de mi propia estupidez.
No suelo hablar con las cosas, pero lo de insultar al zapato me ha inspirado para dirigir mis alocuciones a todo lo inerte. Y funciona, porque me hace sentir mejor, como más dueño de ellas. En la parte superior de la caja de herramientas hay una pequeña tapa que oculta un diminuto espacio para guardar clavos, tornillos y arandelas. Extraigo un fino clavo. Lo levanto delante de mis ojos para contemplar su punta. Servirá para colocarlo en la parte baja del marco y, sin que se vea, sujetar la madera por los siglos de los siglos. Amén.
—Vamos a ver… —susurro mientras me inclino buscando el martillo en el compartimento grande de la caja de herramientas. Extrañamente no lo encuentro ahí. Tengo un solo martillo en mi caja de herramientas, uno que lleva un trozo de tela metido entre la maza y el mango porque siempre ha presentado cierta holgura. Mis camisetas viejas siempre acaban sirviendo para cosas así. Revuelvo destornilladores, un nivel, un pequeño sargento… todo acaba tirado por el suelo. El caso es que no encuentro el martillo y me desespero porque sé que no puede estar en ninguna otra parte. Me incorporo y me dirijo en voz alta hacia el hueco de las escaleras:
—Cariño, ¿has cogido tú el martillo?
Me responde el sonido del agua de la ducha desde el cuarto de baño de nuestra habitación. Mi mujer escapa de este mundo cada vez que se ducha. Miro con desasosiego a mi alrededor, como si el martillo pudiese estar tirado en medio del pasillo o escondido observando mi estupidez desde detrás del mueble de la entrada. De nuevo tomo asiento en el suelo y detengo mi mirada en el zapato que sigue ahí volcado descansando sobre un lateral, como un vehículo accidentado en la cuneta de una carretera. Desde aquí puedo ver la pegatina con la talla adherida aún en la suela. Está desgastada, pero se lee perfectamente. Treinta y cinco. Qué pequeño es. Mi mujer tiene los pies pequeños, son como ella, pequeños y muy vivos. Alzo mi mirada al techo, como suplicando que aparezca el martillo, cuando asalta mi cerebro una idea estupenda. Me estiro, agarro el zapato y golpeo el suelo con el tacón. Es firme. Servirá. Además, el tacón no es muy fino, lo que hace que definitivamente me decida. Sostengo el clavo con dos dedos sobre la superficie del marco y comienzo a dar pequeños golpes en la cabeza de metal que pronto convierto en fuertes sacudidas. Al principio no ocurre nada más que un escandaloso concierto en Do mayor con zapato y clavo sobre madera. Vaya ruidazo. No obstante, al cabo de unos segundos la madera cede y el clavo comienza a introducir su fina punta en la que será su casa a partir de ahora dejando el marco correctamente colocado. Conseguido. Me incorporo triunfal con el zapato aún en la mano y, sonriente, miro orgulloso mi reparación.
—¿Pretendes tirar la casa abajo? ¿Qué has hecho? —mi mujer se inclina sobre la barandilla de las escaleras con la toalla enrollada en torno al cuerpo y el pelo chorreando agua. Me mira con los ojos muy abiertos.
—He arreglado el marco de la puerta —sonrío tontamente mirando hacia arriba y levanto la mano que sostiene el zapato para que lo vea.
—¿Con mi zapato? —se da la vuelta escaleras arriba negando con la cabeza—. La próxima vez utiliza un martillo, querido —escucho claramente cuando la pierdo de vista.
Qué fácil parece todo cuando uno no sabe ni la mitad de lo que acontece. Suspiro y me dispongo a recoger las herramientas desparramadas por el suelo. El destornillador, el nivel, el zapato… todo dentro de la caja de herramientas.
Por la tarde nos vamos al cine. Me encantan los sábados por la tarde, la perspectiva del domingo hace de la tarde del sábado un remanso de placer sin prisa. La sesión comienza a las ocho y falta una hora, así que subo a nuestra habitación para cambiarme. Allí está mi mujer sentada en el suelo, frente al mueble de los zapatos, sosteniendo un ejemplar verde en una mano y buscando desesperada en los compartimentos. A su alrededor, una multitud de zapatos parece haber saltado por los aires y caído de cualquier manera.
—¿Qué haces? No llegamos —le suelto por la espalda.
—No encuentro uno de mis zapatos. Uno de los nuevos.
—Cariño, —ella se da la vuelta muy seria mientras le ofrezco el zapato verde que traigo en la mano —te lo cambio por un martillo.
Los dos reímos hasta casi llorar.