EL MARTILLO VERDE
Llego a casa. Por fin. Ha sido un día complicado. Introduzco
la llave en la cerradura y abro la puerta antes de mirar por última vez hacia
la fría noche, atraído por el golpeteo de unos tacones al final de la calle. Ya
es tarde y por la acera sólo camina apresurada una pareja. Ella se aprieta y
casi se esconde bajo la gabardina del hombre; él la abraza encogido sobre ella.
La gabardina se despliega por detrás de ellos ondulante en la dirección opuesta
a la de sus pasos. De lejos parecen una especie de Cuasimodo de cuatro patas
que se aleja dando traspiés en la fría noche. Siento el calor que se escapa por
la puerta entreabierta y me dispongo a pasar. En el interior del corredor
oscuro me recibe el mismo calor más concentrado y un exquisito olor a cena
lista e inminente mesa puesta en la cocina. Doy un paso hacia la luz que sale de
la cocina donde oigo el repiqueteo de una sartén siendo fregada a conciencia
por mi mujer y, súbitamente, tropiezo con algo que está en el suelo. Pierdo el
equilibrio en un instante y me agarro a la pared con una mano y al marco de la
puerta de la cocina con la otra. Menudo mal genio se me acaba de poner. No ha
pasado nada pero el susto me ha proporcionado una agradable sensación de
corazón a punto de saltar por la borda en el pecho. Sorprendentemente no he
soltado mi maletín del trabajo, lo que ha hecho que me lastime los nudillos
cuando he apoyado la mano cerrada en la pared. Vaya imbécil. Casi me lesiono la
mano derecha por no soltar el maldito maletín con su valiosa carga de papeles
que nunca reviso y el recipiente de plástico donde llevo el almuerzo, ahora
vacío. Lo dicho, imbécil total. Suelto el maletín y me froto una mano con la
otra, como si eso curase mágicamente los dolores. De hecho, lo hace. Me agacho
para comprobar que el marco de la puerta de la cocina se ha soltado por abajo
combándose hacia el techo y pendulea graciosamente. Lo que faltaba. En ese
momento hace su estelar aparición mi querida esposa. Dos preguntas, ambas
admiten infinitas respuestas irónicas.
—¿Ya has llegado? ¿Te has caído, cielo? —dice,
secándose las manos con un trapo. Me contengo y dejo dos segundos de silencio.
—Me he tropezado con no sé qué —le contesto secamente sin
volverme hacia ella, inclinado, buscando el objeto misterioso en la penumbra
del pasillo, ahora algo más clara debido al haz de luz que sale por la puerta
abierta de la cocina.
—Deja que encienda la luz, que te vas a quedar ciego.
—Lo que faltaba —murmuro. Entonces se enciende la luz
del pasillo—. ¡Vaya!
Me incorporo blandiendo en una mano el objeto que
acaba de atentar contra mi integridad física consiguiendo que presente una fea rozadura
en mi mano derecha y que el marco de la puerta de la cocina quiera marcharse.
Se trata de un zapato verde de mi mujer. Uno de los que se compró hace unos
días en una zapatería del centro. Los vio y se enamoró de ellos. “¡Los
necesito!”, me decía mientras correteaba por delante del espejo y ejecutaba
finas posturas para contemplar mejor su elegante diseño. Yo miraba mientras
tanto mi propia imagen en el mismo espejo, sentado, aburrido, languideciendo
bajo las brillantes luces de la zapatería. Dejo el zapato en el suelo de nuevo
y le doy un beso a mi mujer. No me puedo enfadar con ella al llegar a casa, no
es justo, aunque sé que el zapato no se ha colocado solo en medio del oscuro
pasillo.
Al día siguiente me levanto tarde porque no tengo que
acudir a la oficina, como cada tres sábados. Es un placer quedarse en casa por
la mañana, sobre todo cuando tienes que terminar de reparar la lavadora y
clavar el dichoso marco de esa puerta que no termina de acoplarse en la pared.
Bajo a desayunar y en el pasillo me encuentro otra vez con el zapato de anoche.
Me detengo ante él. Desde aquí arriba parece inofensivo.
—Buenos días, capullo.
Lo rodeo sin dejar de mirarlo, como desafiante. En la
cocina mi esposa me recibe con una sonrisa preciosa. Siempre ha sido muy guapa.
Cuando nos conocimos fue esa expresión la que me cautivó. Me sonrió así y nunca
más me separé de ella.
—Mi amor, ¿has descansado? Tienes una cara de sueño…
Suspiro antes de decir:
—Trabajo demasiado. Tengo que arreglar la lavadora y
ese maldito marco —me dejo caer pesadamente en una silla de la cocina.
Desayuno con mucha hambre, como siempre. Por la mañana
el apetito se me despierta enormemente. No soy como esas personas que dicen que
por las mañanas no pueden tomar nada. En absoluto, podría comerme un buey cada
mañana. Y los sábados, si no trabajo, dos bueyes.
Un rato más tarde estoy otra vez frente a la puerta de
la cocina, con mi caja de herramientas en la mano izquierda, mirando la malherida
jamba derecha, que se agita arriba y abajo como pidiendo auxilio.
—No debería estar haciendo esto por ti. Estoy cansado.
Que lo haga el zapato, fue su culpa —me río de mi propia estupidez.
No suelo hablar con las cosas, pero lo de insultar al
zapato me ha inspirado para dirigir mis alocuciones a todo lo inerte. Y
funciona, porque me hace sentir mejor, como más dueño de ellas. En la parte
superior de la caja de herramientas hay una pequeña tapa que oculta un diminuto
espacio para guardar clavos, tornillos y arandelas. Extraigo un fino clavo. Lo
levanto delante de mis ojos para contemplar su punta. Servirá para colocarlo en
la parte baja del marco y, sin que se vea, sujetar la madera por los siglos de
los siglos. Amén.
—Vamos a ver… —susurro mientras me inclino buscando el
martillo en el compartimento grande de la caja de herramientas. Extrañamente no
lo encuentro ahí. Tengo un solo martillo en mi caja de herramientas, uno que
lleva un trozo de tela metido entre la maza y el mango porque siempre ha
presentado cierta holgura. Mis camisetas viejas siempre acaban sirviendo para
cosas así. Revuelvo destornilladores, un nivel, un pequeño sargento… todo acaba
tirado por el suelo. El caso es que no encuentro el martillo y me desespero
porque sé que no puede estar en ninguna otra parte. Me incorporo y me dirijo en
voz alta hacia el hueco de las escaleras:
—Cariño, ¿has cogido tú el martillo?
Me responde el sonido del agua de la ducha desde el
cuarto de baño de nuestra habitación. Mi mujer escapa de este mundo cada vez
que se ducha. Miro con desasosiego a mi alrededor, como si el martillo pudiese
estar tirado en medio del pasillo o escondido observando mi estupidez desde
detrás del mueble de la entrada. De nuevo tomo asiento en el suelo y detengo mi
mirada en el zapato que sigue ahí volcado descansando sobre un lateral, como un
vehículo accidentado en la cuneta de una carretera. Desde aquí puedo ver la
pegatina con la talla adherida aún en la suela. Está desgastada, pero se lee perfectamente.
Treinta y cinco. Qué pequeño es. Mi mujer tiene los pies pequeños, son como
ella, pequeños y muy vivos. Alzo mi mirada al techo, como suplicando que
aparezca el martillo, cuando asalta mi cerebro una idea estupenda. Me estiro, agarro
el zapato y golpeo el suelo con el tacón. Es firme. Servirá. Además, el tacón
no es muy fino, lo que hace que definitivamente me decida. Sostengo el clavo
con dos dedos sobre la superficie del marco y comienzo a dar pequeños golpes en
la cabeza de metal que pronto convierto en fuertes sacudidas. Al principio no
ocurre nada más que un escandaloso concierto en Do mayor con zapato y clavo
sobre madera. Vaya ruidazo. No obstante, al cabo de unos segundos la madera
cede y el clavo comienza a introducir su fina punta en la que será su casa a
partir de ahora dejando el marco correctamente colocado. Conseguido. Me
incorporo triunfal con el zapato aún en la mano y, sonriente, miro orgulloso mi
reparación.
—¿Pretendes tirar la casa abajo? ¿Qué has hecho? —mi
mujer se inclina sobre la barandilla de las escaleras con la toalla enrollada
en torno al cuerpo y el pelo chorreando agua. Me mira con los ojos muy
abiertos.
—He arreglado el marco de la puerta —sonrío tontamente
mirando hacia arriba y levanto la mano que sostiene el zapato para que lo vea.
—¿Con mi zapato? —se da la vuelta escaleras arriba negando
con la cabeza—. La próxima vez utiliza un martillo, querido —escucho claramente
cuando la pierdo de vista.
Qué fácil parece todo cuando uno no sabe ni la mitad
de lo que acontece. Suspiro y me dispongo a recoger las herramientas
desparramadas por el suelo. El destornillador, el nivel, el zapato… todo dentro
de la caja de herramientas.
Por la tarde nos vamos al cine. Me encantan los
sábados por la tarde, la perspectiva del domingo hace de la tarde del sábado un
remanso de placer sin prisa. La sesión comienza a las ocho y falta una hora,
así que subo a nuestra habitación para cambiarme. Allí está mi mujer sentada en
el suelo, frente al mueble de los zapatos, sosteniendo un ejemplar verde en una
mano y buscando desesperada en los compartimentos. A su alrededor, una multitud
de zapatos parece haber saltado por los aires y caído de cualquier manera.
—¿Qué haces? No llegamos —le suelto por la espalda.
—No encuentro uno de mis zapatos. Uno de los nuevos.
—Cariño, —ella se da la vuelta muy seria mientras le
ofrezco el zapato verde que traigo en la mano —te lo cambio por un martillo.
Los dos reímos hasta casi llorar.