En el mundo hay dos clases de personas: aquellas que piensan que elevando una queja por cada contrariedad encontrada en sus muy dignas existencias pueden alcanzar sus objetivos soñados, y otras menos numerosas o más discretas o ambas cosas, que, de forma cotidiana y sin urgencia, alcanzan sus objetivos. Sólo tras quejarme demasiado durante demasiado tiempo y vivir con mucha prisa sin obtener nada bueno de mis objetivos soñados llegué a esta conclusión, después de años irresponsables de universidad y cerveza y fiestas universitarias y más cerveza. Y es que cuando uno está en plena batalla no es capaz de ver la guerra, y sólo con la mente despierta -y sólo a veces- puedes pararte a pensar y ver que el enemigo ya no está, que se ha ido o que nunca estuvo allí porque lo inventaste tú o alguien te dijo que estaba y lo peor de todo es que no sabes cuánto tiempo llevas ahí solo pegando tiros al éter. Todo esto tan patético adquiere pleno sentido al analizar con detenimiento mi propia existencia.
Estudié Ciencias Políticas y viví en una contienda imaginaria de estas características desde que planté mi primera matrícula en el mostrador de la secretaría de la facultad. Muchos políticos como yo han vivido una experiencia así, de desengaño general, de broma pesada gastada por la propia vida. En el momento final, en el desencuentro, antes justo de desplomarte por el peso de la desesperación y acceder a la somnolencia de ese victimismo tan cómodo, abres los ojos, que descubres que tenías solamente entreabiertos, y ves que tus intelectualmente semejantes, aún sin cambiar de aspecto, ni de actitud, ni de nada, ya no son tan semejantes sino que son igualitos a ese cliché tan manoseado por ti mismo al cual bautizaste hace mucho tiempo como el enemigo. Lo último que se debe hacer en ese caso, por supuesto, es mirarse en el espejo del pasado, por lo menos con el desengaño tan recientemente destapado, es decir, hacer balance estricto de lo ya vivido, porque, al final, se descubrirá a primera vista algo vergonzoso, algo ridículo, algo realmente inquietante. En ese orden.
Claro que, si eres joven, y aquí va otro cliché, tus quejas deben competir con tu sombra en el campo de la constancia. Y así fue mi vida en los años en los que fui joven. Embarcado en el tópico más grande que jamás ha existido luchaba contra los tópicos de una sociedad simplificada por mi mente, dentro de la cual sólo cabía un esquema sencillo basado en ricos y pobres, un croquis patético en el que no entraba el mosaico formado por ricos-pobres y pobres-ricos ni todo el espectro casi individualista que va de unos a otros. En esta escuálida quiniela de dos resultados se encontraba mi mente cuando me incorporé a las filas del Partido Comunista en la primavera de 1977. Dentro de su afilada doctrina alimenté mi mente idealista con el pienso de las revoluciones y de las manifestaciones y de las quejas. Sobre todo de las quejas. Y el esquema no varió desde entonces hasta que el resorte interno de mi conciencia que se había ido tensando poco a poco con los años de militancia y posterior liderazgo del partido -sin yo mismo ser consciente de ello- acabó saltando por los aires llevándose por delante en el atropello toda mi vida intelectual, es decir, toda mi vida al completo. Porque mi vida hasta entonces fue ni más ni menos que una competición constante y esforzada de ejercicio mental sin límites mediante el cual, de forma mesiánica, toda la Creación fue juzgada por mí anticipándome así al Juicio Final en cuanto a universalidad se refiere. Todo lo que existe y ha existido pasó por el filtro de mis veredictos y todo fue salvado o condenado. Evidentemente, todo menos yo mismo. Como se comprende, en ese estado tan elevado en el que se encuentra quien cree que piensa y vive como se debe pensar y vivir es imposible que la autocrítica asome siquiera un pelo. Esto es lo que me provoca más vergüenza a la luz de los años que me separan de aquella época. El nihilismo es lo más ridículo si no se adereza con uno mismo, es decir, si en tu propio pensamiento destructivo o destruido no aparece la persona que ves cada mañana frente al espejo. Pero antes de darme cuenta de que no andaba por terreno firme debo reconocer que viví una época feliz. O por lo menos experimenté esa felicidad superficial con aspecto de crucial que viven aquellos que no terminan de darse cuenta de que han visto una sola de las cabezas -la menos peligrosa o la mentirosa o la más bella- del monstruo de dos cabezas cuya montura ocupan sin pudor. Así que subido a lomos de la bestia y con mi puño izquierdo víctima de una constante contracción crucé cinco años y medio de carrera, tres de doctorado y diecisiete de militancia o veneración al Partido Comunista.
Después de medio vivir mi biografía, y mucho antes de escribirla, un pensamiento que por vez primera sobrevoló el vasto cielo vacío de mi imaginación fue meditar en el gran error que supone considerar siempre la parte oscura de las personas. Es cierto que todos poseemos un jardín trasero en el alma que no cuidamos y que siempre acaba apestando a podrido. Pero también es muy verdadero que existe una pequeña parcela del ser humano en la cual sólo brota lo bueno, lo fértil, lo que, al fin, merece la pena. El problema surge cuando sólo vemos a los demás como individuos portadores de las más abyectas intenciones, de los más oscuros pensamientos, de las más deleznables pasiones. Momento trágico para el alma de quien realiza tan crítico análisis. Porque el final de la historia consiste en perder todo tipo de confianza en el ser humano. El clímax se alcanza cuando se cree que el hombre es la forma de vida definitiva. Entonces el crítico pierde toda esperanza en la vida y en quien la lleva puesta. Éste es el traicionero perfil que tenían mis pensamientos en la época en que caí en la cuenta de que no valían ni su propio peso.
Finalizando la década de oro de los treinta, en uno de los mejores momentos de mi carrera, soltero, rico, poderoso a la sombra, deseado y amado, en un inmejorable estado de salud y buena forma física, es decir, en la cresta de la ola más grande que jamás hubiera imaginado imaginar siquiera, me cogió por sorpresa el gran desengaño que da sentido al relato que ahora escribo. El hecho ocurrió de casualidad. Por lo menos en apariencia. Aunque en realidad no me gusta pensar que fue casual algo tan extremadamente importante, porque eso hace que el resto de mi existencia sea aleatorio. Y es que algo tan crucial en la vida de una persona suele ponerse el disfraz de casualidad, pero en el interior esconde un alma determinista más determinista que las leyes de Newton. No, no fue casual en absoluto. Yo debía encontrarme en aquel sitio, en aquel momento, en aquella disposición. Estoy seguro.
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